
Jean Pier Gutierrez.
Las lupas. El molino.
(De la colección “Relatos efímeros para Blog” de 1915)
Gilbert Anthony Wells gritó “Eaaaa” y salió al galope levantando polvo muy finito. Lo miré un rato mientras se alejaba por el camino que descendía desde la cota donde estaba. Un atardecer de amarellos y Sol grande en el oeste; nubes altas y sequía en el corazón de la Argentina. Comencé a sentir como la soledad se introducía en mi cerebro y se ubicaba entre las neuronas. Alanzando las cejas, frunciendo los labios y conteniendo la respiración, me torné ciento ochenta grados. Me enfrenté al molino. Se elevaba alto, muy alto, enorme, redondo, de ladrillos y con las aspas de madera algo viejas. “Qué cosa maravillosa” pensé. Los vientos frescos del Oeste eran una premonición de la noche. Medité unos instantes sobre cuestiones irrelevantes y luego de ese breve introito de habituación, tomé la manija de la puerta, la giré y empujé con mi brazo.
Mis pasos hacían crujir la madera de las escaleras. Empujé la puertita hacia arriba y me introduje a través del hueco. Me dejé caer sobre el sofá que estaba en el centro y me relajé. Me prendí un cigarrito. Empecé a pensar en lo que había hecho mi amigo Gilbert con ese viejo molino. Había cambiado el techo por una cúpula de vidrio perfectamente transparente y polorazido por fuera; ubicó un telescopio del lado opuesto al de las aspas. Sobre una mesa tenía mapas del cielo visible desde la tierra, unas botellitas de whisky vacías y un Wincofone con la “Sinfonía del Nuevo Mundo” de Dvorak cargada. Sumamente interesante; altísimo lugar. Recién entonces comprendí lo que el me había intentado transmitir cuando me invitó a pasar una noche allí. Así, sin mayores preocupaciones que turbaran mi pensamiento, vi el Sol caer y los colores transformarse en el espacio, y a notar como empezaban a encenderse las estrellas. Y en la oscuridad sólo distinguía el pálido reflejo de mis uñas. Encendí unas velas y me dispuse a probar la ensalada que el viejo gringo me había dejado preparada antes de partir.
Una pelota! Así! Redondez! Y cualquier sueño de alguien forma parte de la realidad de todos. Lo redondo se repite. Una o. Un círculo. Omphalos. Y Los sueños de los animales también. El tiempo. Aspiraciones. Todos los pensamientos inconcientes. Gravedad. Exhalaciones. El peso sobre sí mismo. Todo lo importante es redondo. El infinito debe ser redondo. Todo lo que pudo haber sido. Todo lo que no es. Redondez. Hey. Hey. Hey. Claro. . . es el retorno eterno. De un círculo uno no puede escaparse sin romperlo, aunque todo es posible en un país como este.
Dejé caer la púa sobre el extremo del disco de pasta que giraba. Encendí otro cigarrito. Volví a caer en el sofá. Ahora sí comprendía esas palabras, agitadas por los peyotes más venosos que el viejo podía conseguir. Todos los reflectores de mi mente, encendidos, encandilándome. Giré un poco mi cabeza y vi que la Luna llegaba al cielo desde lo más bajo del horizonte, enorme y naranja. Y para no dejarme vencer por los violentos coletazos que el cactus le daba a mí pensar, concentré toda mi energía en una sola cosa. Las aspas del molino empezaron a girar, los motores se encendían.
Primero, dejar de ver el cielo como un paisaje, por un momento. Ver la inmensidad. Ubicarse en el espacio. Un lugar. En el infinito más grande. En la vía Láctea. Nombres . . . y aun más, entenderlo todo, y vivir luego con eso siempre. Ser parte de un algo enorme, y fusionarse con todo lo que existe, porque nada me divide de lo demás. Cambiar mis ojos, y ver a través de una lupa más larga, donde todo tiende a cero y donde la vida aparece casi sin sentido. Y ser felizmente un ser, igual que un gato, que sólo pasa, da unos pasos. Todo pasa. Lo de siempre, va. Sufí. Pero en momentos como estos, la tierra es para mí una nave espacial, que surca el cielo con un pulso potente. Creo poder manejarla desde acá ahora; el Molino es la cabina y yo soy el piloto. Las aspas giran y el motor empuja. Y siento perfectamente como rotamos sobre nuestro eje; no necesito un tacómetro para saber la velocidad que llevamos. La Luna me acompaña siempre. Me aferro al sillón y piso el acelerador. Y tampoco necesito del telescopio para ver nuestro destino, pues los vidrios de aumento están ya calibrados en mis ojos. Las lupas y el molino.

3 comentarios:
Muchas gracias por visitar mi blog, puedes volver siempre que quieras, igual haré yo cuando el tiempo me lo permita, para poder leer tus posts con tranquilidad.
Saludos.
Ver la inmensidad,
las lupas y el molino.
es como que todas las palabras llevan consigo un baile.
Bien para el DeJota que sabe engancharlas.
Dj Sir Jean.
Me ha encantado, me ha recordado a un película de los años 50, no en blanco y negro, sino en sepias!
Saludos
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